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Mostrando entradas de noviembre, 2022

Hatshepsut y el vientre de la noche

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  Cómo extraño la brisa y los paisajes serenos de Punt, sus jardines en donde nos entregamos como dos niños salvajes, bajo el secreto de los altos árboles de ébano. Nuestras pieles ya no contaban con la suavidad de la primera niñez. Mis manos arrugadas y lejanas en este momento, recuerdan el calor de tu abdomen y tu pecho fornido, plagado de cicatrices ganadas en Nubia con sangre, polvo y fuego.   El perfume de mirra con el que impregnan mi habitación no es suficiente para apaciguar los olores desagradables de mi boca y mis flatulencias. Miro los pequeños gestos de asco de mis esclavas, quienes intentan ocultarlo. No les digo nada, siento cierta piedad hacia ellas. ¿Quién diría que moriría sola? Sin mi hija, mi esposo, y sin ti, tomándome mi mano y diciéndome al oído que la gloria de Amón recorre mi sangre y destino.   Pronuncio tu dulce nombre, Senenmut mientras ardo de fiebre en mi habitación iluminada por las lámparas de aceite y la luminancia pálida de la luna...

Aspasia y el rostro de la peste

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He pagado un sacrificio muy alto por mi libertad. ¿Qué respondería si los dioses me dieran la oportunidad de nacer nuevamente en Mileto, en esta época? ¿Navegaría hacia Atenas nuevamente? El día que escuché por primera vez la voz ronca y energética de Pericles en ese cuerpo frágil, todo cambió. Yo era una extranjera en aquella sociedad de políticos y militares que acechaban en la sombra.   Intenté construir un refugio para nuestro grupo selecto de artistas, oradores y filósofos, un círculo totalmente protegido entre ambos pero la ignominia penetró y se lo llevó todo. Vi morir a Fidias, a Pericles y a mi hijo, a quien no debí de haber traído a esta ciudad que lo consumió.   Desde que decidí estudiar en la academia y no ser una dama de sociedad de Mileto, sabía que debía pagar y lo asumí desde ese momento, ser llamada prostituta, ser humillada por los cómicos en el teatro, ser vilipendiada en la asamblea y acusada de traición en un país que nunca me adoptó como ciudadana...

Ruth y el olor a la cebada

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  Recuerdo una vez cuando fui al mercado con mi padre, quien me llevaba tomada de la mano. Yo era pequeña, tendría 7 años más o menos. Él caminaba despacio, hablaba con una voz suave y se dirigía a las personas después de observarlas durante un breve momento de estudio.   Él fue a comprar cereal a granel. La sequía estaba cerca y él sabía que debía prepararse para los tiempos difíciles, cuando la tierra se negaba a producir. En ese momento desconocía todos esos asuntos de adultos. Mi mente se maravillaba ante la seda brillante de los árabes, las exóticas lámparas de aceite y el bullicio del domingo en la mañana en las atestadas calles.   Mi padre se molestó porque el comerciante subió el precio del trigo de un día para otro. Él intentó razonar con él porque lo conocía de hace años. El comerciante se sintió ofendido, se ofuscó e irrespetó a mi padre, quien en ese momento se calló, se detuvo. Sacó algunas monedas y pagó el cereal a ese precio. Se despidió de forma r...