Hatshepsut y el vientre de la noche
Cómo extraño la brisa y los paisajes serenos de Punt, sus jardines en donde nos entregamos como dos niños salvajes, bajo el secreto de los altos árboles de ébano. Nuestras pieles ya no contaban con la suavidad de la primera niñez. Mis manos arrugadas y lejanas en este momento, recuerdan el calor de tu abdomen y tu pecho fornido, plagado de cicatrices ganadas en Nubia con sangre, polvo y fuego. El perfume de mirra con el que impregnan mi habitación no es suficiente para apaciguar los olores desagradables de mi boca y mis flatulencias. Miro los pequeños gestos de asco de mis esclavas, quienes intentan ocultarlo. No les digo nada, siento cierta piedad hacia ellas. ¿Quién diría que moriría sola? Sin mi hija, mi esposo, y sin ti, tomándome mi mano y diciéndome al oído que la gloria de Amón recorre mi sangre y destino. Pronuncio tu dulce nombre, Senenmut mientras ardo de fiebre en mi habitación iluminada por las lámparas de aceite y la luminancia pálida de la luna...