Aspasia y el rostro de la peste



He pagado un sacrificio muy alto por mi libertad. ¿Qué respondería si los dioses me dieran la oportunidad de nacer nuevamente en Mileto, en esta época? ¿Navegaría hacia Atenas nuevamente? El día que escuché por primera vez la voz ronca y energética de Pericles en ese cuerpo frágil, todo cambió. Yo era una extranjera en aquella sociedad de políticos y militares que acechaban en la sombra.

 

Intenté construir un refugio para nuestro grupo selecto de artistas, oradores y filósofos, un círculo totalmente protegido entre ambos pero la ignominia penetró y se lo llevó todo. Vi morir a Fidias, a Pericles y a mi hijo, a quien no debí de haber traído a esta ciudad que lo consumió.

 

Desde que decidí estudiar en la academia y no ser una dama de sociedad de Mileto, sabía que debía pagar y lo asumí desde ese momento, ser llamada prostituta, ser humillada por los cómicos en el teatro, ser vilipendiada en la asamblea y acusada de traición en un país que nunca me adoptó como ciudadana suya. Pero no mi hijo. Vi su cadáver ensangrentado y sus intestinos afuera de su sagrado cuerpo.

 

Los primeros días de la peste, las calles estaban atestadas de mujeres, niños, ancianos y hombres tirados en el suelo como perros callejeros. Había escuchado terribles historias en las guerras detrás de las murallas y lejos de la ciudad. Pero la guerra llegó a las propias puertas de Atenas.

 

Primero fue el olor nauseabundo de los canales de aguas residuales, acompañado por el sudor y la sangre dentro de las casas hacinadas, después la podredumbre de las carnes traídas del puerto. A pesar de la vinagreta y los procesos de secado para preservar los alimentos, con el tiempo y el encierro, estos empezaron a descomponerse ante la inevitabilidad del tiempo.

 

Los zamuros sobrevolaban a la espera de la caída de los más débiles, los niños y ancianos. El vino también adquirió un olor desagradable, los sahumerios no daban para más. En la noche, los gemidos y lamentaciones eran más fuertes. Las lámparas de aceite se consumieron y el combustible comenzó a escasear. Los saqueos también irrumpieron en los primeros días. Días después, la violencia cedió y una terrible paz mortuoria inundó el teatro, el ágora, el mercado, los tribunales, los jardines y las casas.

 

Acompañaba cada día a Pericles en sus recorridos diarios a comprobar la trágica situación. No se arrepentía de lo que había decidido. Hubiese dejado entrar o no a todos los ciudadanos adentro de las murallas, igualmente todos iban a ser alcanzados por la Guerra del Peloponeso, ya hubiese sido por la hambruna, la peste o la violencia de los enemigos.

 

Sin embargo, cuando murieron los cadáveres de los dos hijos de su primer matrimonio, el silencio lo consumió. Mis abrazos y arrullos no pudieron consolarlo. Ni siquiera cuando narraba sus historias mitológicas favoritas, que inventaba en las noches de verano.

 

El dolor lo consumió antes de que la infección entrara en su cuerpo. El humor de duelo ya había apagado su espíritu. El último acto amoroso que tuvo hacia mí, fue darle su apellido al hijo que tuvimos fuera de matrimonio, a pesar mi condición de extranjera.

 

Muchas muertas se anidan en mi memoria, la de Fidias, Sócrates y la de mi hijo, Pericles I. No obstante, la de él, la de mi compañero de debates, conquistas, mi cómplice, mi maestro, fue la más desoladora. Sentí la muerte llevándoselo. Las moiras cortaron sus hilos después de una tarde de absoluto silencio. Ese momento, ni siquiera graznaron los cuervos, la brisa arrullaba en voz baja.

Sentí finalmente su última expiración.

 

Ciertamente, a pesar del doloroso camino y mi paso por Atenas, no cambiaría nada, a pesar de ser llamada hetera, asesina o devoradora de hombres.

***

Ángela Guillen Velazco




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