Noctámbula de fuego (hablando de La Lupe)



 Cae la lluvia y es dulce, si la escuchas con atención, te darás cuenta que

es un arrullo materno, a sus descendientes de la tierra que la han

olvidado. Siento pena pero también gozo porque sé que soy testigo de su

presencia y amor.

La tierra es originaria y el canto la celebra. Entre piedras preciosas y

alhajas, ella asiente sus pies desnudos sobre el suelo frío y sucio de la

tarima. Siente como el ron enciende cada célula de una fiebre, que

quema como hielo frío. Atrás quedaron los días de la tirana, hoy entre la

sombra se distingue el amor de una madre y la tristeza de quien ha

perdido un tesoro. ¿Habrá encontrado paz en los márgenes del

escenario?

Después del incendio, queda el instante de las cenizas y del olvido, a

menos que alguien escuche su voz agridulce y más transgresora en

cualquier calle del centro de Maracaibo o de La Habana. Acaso sus

vecinos del Bronx bailaron sus boleros y cantaron a todo pulmón y entre

lágrimas sus melodías latinas e incendiarias.

A veces la lluvia huele a camelias y girasoles y recita en voz baja el

nombre de una reina antigua de Babilonia y Sumeria, es ella su alma de

transgresión hacia el orden del mundo. En cada mujer herida, en cada

Medea, ella renace como el infierno para redimirse en la paz de las

cenizas y las huellas borradas por la brisa de la tierra.

Una noche la vi en una iglesia vieja y abandonada, su figura, estaba ella

su sombra desnuda reclamándole a Dios, quien la convirtió en un

kamikaze, una soldado, que despertará cada 100 años en el apocalipsis

de los imperios de los hombres para recordarles el vacío de la eternidad.

Amén.


***

Ángela Guillen Velazco

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