La tarde en la playa con Marilyn
Qué rico el olor a salitre, el mar
esconde su secreto y lo revela en clave en su danza de la tarde. Leo una carta
de mi hermana, me dice que está bien, me cuenta sobre sus hijos y su vida como
ama de casa. Su compañía aunque sea a la distancia me hace sentir bien. Esta
mañana me escapé con Joe a una de las playas de Santa Mónica. Tenía grabación,
pero la cancelé. Estoy cansada, quiero sentir la libertad de los niños
pequeños, la infancia sin horarios ni obligaciones. La pequeña Norma quiere
montarse en los columpios y oler las flores, pero ahora es adulta y Marilyn
juega con sus escotes y ejercicios de improvisación frente a la cámara.
Me acuesto en la hamaca en la terraza
del apartamento, descanso. No estoy maquillada, me siento tan lejana y cercana
a sus besos. Un amigo de Joe, trae una olla con ostras y limones. Con los
amigos, cocinamos arroz a la marinera y preparamos mojitos y margaritas. La
tarde está fresca, el sol calienta la marea. Joe gusta hablar de carreras de
automovilismo y de su infancia en las calles y en el estadio. En la intimidad,
él evita el tema del béisbol y yo el de mis rodajes.
Me llaman por teléfono, el productor
está molesto. Mañana a primera hora me busca. Los amigos de Joe me observan
como todos, esperando algo de mí que no puedo darles. Me siento profundamente
cansada. Anochece, Joe prepara una fogata en la playa. Cubro mi traje de baño
con un suéter. Chupamos varias ostras y cada uno bebe de su trago. La
embriaguez hace que todos nos sintamos en mayor confianza y complicidad. Un
amigo toca su guitarra acústica y cantamos melodías de Johnny Cash y Nina
Simone, bajo las estrellas. Joe me abraza, estamos llenos de arena y reímos
como unos adolescentes, al igual que lo hacíamos en nuestras primeras citas.
Siento que el mar esconde un secreto y
solo me lo revelará la madrugada de mi muerte al esperarme un ángel en sus
tiernos, cálidos y dulces brazos.
Ángela Guillen Velazco

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