Bajo el eclipse de sangre, Frida levita

 


Siente el sabor crudo del limón en su boca, después de chuparlo al beber

un trago de mezcal. Llueve y sus lágrimas son dulces como la suavidad

de las amapolas.


La niña es hija de Europa y América como la mayoría de sus compañeros

de clases. Sus trenzas adornadas con trinitarias fucsias resplandecen

sobre su cabello azabache. Su mirada curiosa no se aparta al ver el

sufrimiento, de hecho, siente que ella lo atrae con una fuerza magnética

casi suicida. La ternura a veces está enrevesada con el dolor púrpura de

sangre y analgésicos.

No le teme a la oscuridad sino al silencio sostenido de la madrugada, en

la que a veces es capturada durante horas sostenidas de dibujo y pintura.

Esa noche son las tres de la mañana y las voces de los borrachos y las

prostitutas se entremezclan en los bares cercanos. Ella pinta, no es tarde,

ni temprano, es la eternidad contenida en un instante. Sus ojos

agrietados se transforman en un faro luminoso que proyecta luz a millas

náuticas de distancia.

Escucha una serenata de unos mariachis que cantan a una vecina, la

melodía le recuerda una sensación que directamente la lleva hacia sus

amores y desgarros con Diego. Se levanta, se asoma por la ventana y ve

al cantante y a los músicos que entonan una canción de Agustín Lara.

Ella se emociona, se sirve otro trago, vitorea y bebe un trago en honor a

ellos. Ellos gritan felices, la voz del cantautor resuena con más fuerza.


Frida regresa, está de pie y mira fijamente el cuadro. Se ve a sí misma,

su auto representación, sus ojos, su figura delgada, sus venas, su

cabello. Por instantes, siente que no es ella, sino una sombra famélica

que no representa la hondura y la vitalidad de su espíritu. Se ríe de sí

misma y de sus cavilaciones nocturnas etílicas. Toma nuevamente el

pincel y realiza varias mezclas de rojos, amarillos y anaranjados. Retoma

el lienzo, el limón se sienta aún reseco en sus labios húmedos.

Ángela Guillen Velazco

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