Hatshepsut y el vientre de la noche

 



Cómo extraño la brisa y los paisajes serenos de Punt, sus jardines en donde nos entregamos como dos niños salvajes, bajo el secreto de los altos árboles de ébano. Nuestras pieles ya no contaban con la suavidad de la primera niñez. Mis manos arrugadas y lejanas en este momento, recuerdan el calor de tu abdomen y tu pecho fornido, plagado de cicatrices ganadas en Nubia con sangre, polvo y fuego.

 

El perfume de mirra con el que impregnan mi habitación no es suficiente para apaciguar los olores desagradables de mi boca y mis flatulencias. Miro los pequeños gestos de asco de mis esclavas, quienes intentan ocultarlo. No les digo nada, siento cierta piedad hacia ellas. ¿Quién diría que moriría sola? Sin mi hija, mi esposo, y sin ti, tomándome mi mano y diciéndome al oído que la gloria de Amón recorre mi sangre y destino.

 

Pronuncio tu dulce nombre, Senenmut mientras ardo de fiebre en mi habitación iluminada por las lámparas de aceite y la luminancia pálida de la luna. Me siento sola y abandonada por los dioses.

 

Las tardes en Punt fueron los instantes más felices de mi vida. Mi dinastía no vería el alba al morir mi hija y heredera. Lo único que queda en la tierra de los vivos, es el recuerdo y la arena que entra cada día por las ventanas de Tebas.

 

A veces duele respirar. Solo ante tus ojos desnudé mis muslos y revelé las curvas, que tocaron tus callosas manos esas madrugadas bajo el solsticio y la mirada silenciosa de los búhos.

 

Mis pies desnudos caminaron bajo la oscuridad en los pasillos del palacio, seguidos por mi protector. Entré a tu habitación, estabas estudiando tus adorados planos del nuevo templo, construido a la memoria de mi dinastía. Al mirarme, hiciste el saludo real. Me acerqué y te quité tu túnica suave de seda. Me besaste con la saciedad de un lobo. Tus manos se convirtieron en amapolas de terciopelo. Mi respiración comenzó a agitarse, me alzaste con tus brazos fornidos y me llevaste a tu cama, en donde me monté sobre tu cintura y mirándote fijamente, cabalgué hacia el desierto, en donde bebí del agua del Nilo y el Éufrates.

 

Con fuerza, dominaste mis brazos e intercambiaste de lugar, ahora estabas sobre mí, como un toro de bronce. Me penetraste con la misma implacabilidad con la que degollaste a los enemigos del imperio. Gemí con fuerza, nadie de la capital nos escucharía. La eternidad sólo era nuestra, dos combatientes desnudos dominando el reloj del mundo como Isis y Osiris. Danzamos uniendo nuestros cuerpos, me convertí en fuego y tú en brisa. Como piro maníacos enceguecidos, nos arrastró la violencia y la ternura del abrazo, los besos y los embastes de tu serpiente, unida a mi sexo.

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Ángela Guillen Velazco

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