Ruth y el olor a la cebada
Recuerdo una vez cuando fui al mercado
con mi padre, quien me llevaba tomada de la mano. Yo era pequeña, tendría 7
años más o menos. Él caminaba despacio, hablaba con una voz suave y se dirigía
a las personas después de observarlas durante un breve momento de estudio.
Él fue a comprar cereal a granel. La
sequía estaba cerca y él sabía que debía prepararse para los tiempos difíciles,
cuando la tierra se negaba a producir. En ese momento desconocía todos esos
asuntos de adultos. Mi mente se maravillaba ante la seda brillante de los
árabes, las exóticas lámparas de aceite y el bullicio del domingo en la mañana
en las atestadas calles.
Mi padre se molestó porque el
comerciante subió el precio del trigo de un día para otro. Él intentó razonar
con él porque lo conocía de hace años. El comerciante se sintió ofendido, se
ofuscó e irrespetó a mi padre, quien en ese momento se calló, se detuvo. Sacó
algunas monedas y pagó el cereal a ese precio. Se despidió de forma respetuoso
y nos fuimos. El vendedor siguió insultando, hablando en voz alta.
No dije nada, yo era pequeña y además
era una mujer. Después de caminar en silencio, él se detuvo nuevamente y dijo
para sí: "Ninguna moneda puede comprar el respeto de nadie". Se calló
y seguimos caminando. Días después, en uno de los meses más críticos de la
sequía, vimos al mismo comerciante maldiciendo a los dioses por haber perdido
toda su cosecha ante el ataque de una plaga.
Esa imagen trágica, la he ido
rememorando todos estos días, en que regresé con mi suegra y comencé a trabajar
la tierra. Los cultivos de cebada aromatizan mis manos, mi nariz, mi rostro, mi
túnica. Mi padre murió hace años y aún lo recuerdo.
Cuando me fui de Moab con mi suegra
Noemí, estaba descalza, todo lo perdí en tierra extranjera, mi esposo y sus
tierras, atestadas por la hambruna. Caminé con ella durante días. Regresamos a
Belén, de donde había emigrado años atrás. En este tiempo, he pensado en muchas
cosas, he aprendido a conciliar a los dioses de mi padre con los de mi nueva
familia judía.
Le prometí a Noemí que la acompañaría
hasta el fin del mundo. Somos dos mujeres solas, viudas, sin ganado ni
herencia. El día que retomamos a Belén, el olor de la siega de la cebada nos
recibió. Recordé a mi padre ese día, su fortaleza, su paciencia y su mirada
pausada. Caminé y pedí trabajo en la siega. Durante la recolecta, los
compañeros hablaron del jefe Boaz, el dueño de la propiedad, quien resultó ser
hermano de mi marido fallecido. Noemí al enterarse, me habló sobre la Ley judía
de Levirato, que yo desconocía por mi origen moabita.
Después de mucho tiempo, medité, oré a
los dioses de mi padre y a mi nuevo Dios. Pedí por claridad de pensamiento,
palabra y temple. Esa noche, me bañé y me recosté un momento. Salí de mi tienda
y me acerqué a la casa de Boaz.
Mi miedo hacía que todos los ruidos del
exterior desaparecieron, mi corazón latía con mucha fuerza, lo único que
percibía con claridad era mi respiración. Las lámparas de aceite iluminaban la
medianoche.
Después de perderme y hallar el camino
entre varios pasillos, finalmente oí los ronquidos del hombre. Entré con sigilo
y silencio. Me resbalé, pero pude recuperar el equilibrio antes de caerme.
Llegué a la alfombra y vi que Boaz dormía. Me senté en el suelo y lo contemplé
durante un largo momento.
Creo que también me quedé dormida por
pocas horas. Desperté sobresaltada, él seguía dormido, estiré mis piernas y
brazos, me desperecé. Él se despertó, primero asustado y después más relajado
al darse cuenta de que era una mujer y no un bandido.
Inmediatamente me arrodillé y besé sus
pies, le dije mi nombre y me presenté como la viuda de su hermano. Clamé por la
Ley del Levirato. Él me miró sorprendido, puso su mano sobre mi rostro y me
miró fijamente. Él se levantó y me ayudé a pararme del suelo. Después de un
silencio incómodo, le dije que buscaba casarme con él para proteger la herencia
familia y perpetuar su apellido. Le confesé que era moabita, pero que estaba
aprendiendo las tradiciones de su pueblo.
Él me hizo una señal para que callara mi
voz, me abrazó y me pidió que saliera un momento de su habitación. Salí, los
gallos desde hace rato habían empezado a cantar. Oí los grillos, no me podía
sostenerme de pie, ni sentarme, estaba paralizada.
Recordé a mi padre y sus palabras.
Finalmente, él salió ya vestido con su
túnica y me dijo que aceptaba con gusto desposarla.
Ángela Guillen.

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