Pandora y el olor a la tierra mojada

 


A Alexis Cabezas.

El olor a tierra mojada, a lodo, a pantano, a humedad del sudor que

recorre su cuerpo siempre húmedo y salvaje. Nació con ese olor desde

siempre, impregnado en sus fosas nasales. Sin saber el nombre de las

partes de su cuerpo, lo único constante en su corta edad de 12 años, era

ese olor, interrumpido abruptamente por el día en que sangró por primera

vez en su entrepierna, sin ninguna razón aparente. Aunque al darse

cuenta la Curandera de la tribu, la encerró en la cueva durante 7 días, en

donde sintió un miedo a lo desconocido. La Curandera la cubrió con una

piel de leopardo y la enseñó a lavar su entrepierna, aquella cavidad

hueca y tupida de vellos negros. El octavo día, su hermano mayor se la

llevó caminando hacia otra tribu al valle, a 10 días de camino a pie.

Aún las tribus nómadas de África del Paleolítico no habían aprendido la

palabra, sonidos onomatopéyicos de emoción y necesidades fisiológicas:

tristeza, hambre, ira, alegría, sed y deseo. Llegaron a la otra tribu, en

donde su hermano la entregó a la Curandera de ese grupo humano, a

cambio de otra adolescente que también había sangrado igual que ella.

"Aunque me caiga una tormenta, prima mía, yo me

mantengo tan claro como el agua entre dos piedras"

La joven de piel color canela de cabello ensortijado y delgado con senos

pequeños y duros como duraznos, no entendía qué estaba pasando,

sentía angustia. Sabía que su hermano se iba a ir y la iba a abandonar

después del trueque, pero no sabía qué hacer para evitarlo. Un hombre

más alto que ella y fornido, piel tostada y cabello negro liso, con una

trenza, la miraba obstinadamente y ella se sentía invadida por un fuego,

un miedo feroz, el olor a tierra mojada era más profunda. Al llegar la

noche, la tribu se reunió en sus chozas, la luna y las estrellas era lo único

que brillaba en el firmamento. Al día siguiente se cumplió lo que más

temía, su hermano se fue con la otra joven y ella se quedó allí. Él detuvo

su marcha, se volteó y la abrazó. Fue la última vez que lo vio y sintió sus

gruesos brazos.

Su hermano durmió entre los mayores con la otra joven, que ahora le

pertenecía. La joven recién llegada durmió arropada con una piel, que le

obsequió la Curandera de bienvenida.

Durante su primer día, acompañó a la Curandera a caminar a kilómetros y

recolectar frutos como granadas y mangos de árboles silvestres y

enormes. Al volver, los hombres trajeron un jabalí cazado, el Jefe de la

tribu lo curó con especies y con vinagre, cortó en varias piezas y repartió

a cada Jefe de familia. Por último, le entregó su pieza a la Curandera,

quien la cortó y dio de comer a la recién llegada. Bebieron una bebida

agria y ácida por la fermentación. La Curandera bañó a la joven y la

desvistió, la llevó detrás de un árbol, al inicio de la fila de chozas

rupestres. La joven se sorprendió cuando vio al hombre que la había

mirado de esa manera el día de su llegada.

Él se acercó, estaba desnudo, al igual que ella. Se acercó, la agarró y se

la sentó sobre su cintura, mientras los hombres de la tribu mugían como

toros salvajes mientras que las mujeres lloraban arrodilladas, mirando

hacia la luna. Aquellas voces y gritos crearon un caos ensordecedor, un

trance sonoro, una catarsis, que hacía que su piel se erizaba. El hombre

puso la serpiente de su entrepierna que se había endurecido sobre su

cueva, adentro suyo. La joven sintió una fiebre en su cuerpo, fuego

arrasador, nuevas sensaciones. Recordó cuando se dobló el tobillo

cuando fue a cazar con su hermano cuando era más niña, recordó a su

madre cadavérica y rostro verdoso antes de morir, mordida por una

serpiente. Sintió como la carne que colgaba de la piel de él entraba

dentro de ella, hiriente y duro. Se sintió muy mojada, él cayó extenuado

sobre su pecho y la abrazó, ella no sabía qué hacer, sólo sentir ese calor

y ese olor extraño y rancio, el olor de su sudor.

En ese momento comenzó a llover, los hombres dejaron de mugir y las

mujeres dejaron de llorar. Todos se resguardaron dentro de sus chozas

primitivas. La nueva pareja se quedó bajo la intemperie. Sonó un trueno y

se vio el resplandor de varios relámpagos. Un rayo cayó a un árbol cerca

y se encendió. La joven lo señaló y se dio cuenta que se inició un fuego.

El Jefe de la tribu dio un grito ensordecedor y con señas ordenó que

todos se alejaran del fuego y corrieran.

La joven desobedeció y corrió atraída por el resplandor violento del fuego

a campo abierto. El hombre la siguió, intentado detenerla, pero ella fue


más rápida. Ella estaba muy cerca del árbol que estaba ardiendo. 


                                                                                                        

A pesar del calor y el humo, la joven desvirgada agarró uno de las ramas que se estaba quemando y se la mostró el hombre, que temblaba de miedo. Ella encendió un arbusto que estaba allí. El hombre se dio cuenta del mecanismo de la propagación del fuego, hijo del incendio.

Desde esa noche, la tribu dejó de pasar frío en las noches oscuras.

Prometeo se acercó a la tribu sosteniendo un tronco encendido junto a

Pandora, que desde esa noche fue suya. Nueve meses después,

Pandora parió un hermoso varón, pero murió en el parto. Ese día, el olor

a tierra mojada fue lo último que sintió en su breve vida.

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