Téano y la suavidad del lino
La suavidad del lino beige sobre el
vientre de la mujer estoica de rasgos suaves.
Le gusta la brisa matutina del
Mediterráneo y la luz temprana. Supervisa que las mucamas sirvan los alimentos,
mientras ella prepara el té, siempre le ha gustado hacerlo por ella misma. Sus
hijas adolescentes se visten mientras su compañero, el maestro, años décadas
mayor que ella, observa desde sentado en el patio, el movimiento de las olas
del Mar Jónico.
Ella sonríe, sabe que está de buen humor
por cumplir con ese hábito diario. Ella bebe su té mientras sus hijas comen pan
y aceite. Revisa sus anotaciones de la noche pasada sobre un nombre irracional
estudiado por los egipcios, está obsesionada por un valor que no puede calcular
con precisión, ¿sería posible un número infinito?
Sus hijas han terminado de comer, las
mucamas recogen los platos y limpian. Téano recoge sus papiros, ayuda a tejer
la trenza a su hija menor, sale con ellos y camina con Pitágoras. La familia
baja hacia la Academia, en donde los jóvenes discípulos los esperan. En la
entrada hay un grupo de jóvenes con un telescopio rupestre, se pelean y ríen
por tenerlo. Al ver al maestro toman una postura más reservada. Mientras que el
grupo de Mujeres también jóvenes hablan en voz baja. Una de ellas, lee su
papiro. Todos saludan con respeto a la familia del maestro.
Pitágoras le da un beso en la frente a
Téano y a sus hijas y se va hacia el interior del edificio de una planta,
camina hacia el centro, en donde lo aguardan los otros maestros de la academia
de Matemáticas.
Téano despide a sus hijas, que van a sus
clases y entra a uno de los patios, debajo de un sauce enorme que protege de
los rayos solares a los estudiantes que resuelven problemas de geometría. Esa
mañana, ella decidió preguntar ¿qué era la vida?, todos sus estudiantes la
miraron de una manera extraña, se observaron entre ellos y en silencio, estaban
acostumbrados a comenzar sus clases con lecciones de poliedros.
Ella esbozó una dulce sonrisa y dijo que
para ella había encontrado su respuesta en los números, pero que cada uno de
ellos debía encontrar por sí mismos, su propia luz.
Miró una hoja grande amarilla, las nervaduras sobresalían con los rayos solares.
El silencio siguió y ella comenzó su
clase de dodecaedros y el cálculo de sus ángulos.
Ese tarde, cerca del crepúsculo,
Pitágoras daba su acostumbrada caminata a las orillas de la playa. Téano
comprobaba que sus hijas hicieran sus trabajos de cálculo. Esa tarde, hacía
mucho calor y ella bebió agua, vio a una mula ser llevada por un campesino
frente a la casa. Cerró los ojos, la sombra hacía imágenes graciosas sobre las
pocas cántaras del patio.
De repente, escuchó ruidos y gritos que
venían de una de las casonas de la academia. Sintió como una extraña sensación
de pánico se apoderaba dentro de ella. Les dijo a sus hijas que se escondieran
con las mucamas en la casa de los vecinos. Su mirada recorrió rápidamente en
busca de Pitágoras, lo encontró y corrió hacia él. Ambos se miraron y en
silencio confirmaron que una tragedia había ocurrido en la academia. La
violencia había invadido aquel recinto sagrado. Ella lo escondió hasta que en
la madrugada un discípulo suyo lo llevó al puerto para tomar un barco hacia
Metampoto.
Esa noche Téano no miró su pergamino, no
pensó en números inciertos. Meditó en silencio y en un estado de vigilia
absoluta y rezó por su retorno, sano y salvo. Aunque sabía que por su edad, él
iba a morir antes que ella, no esperaba que la muerte irrumpiera así, tan
pronto. Temía no verlo más, separados ambos por las olas del Mediterráneo, el
silencio, la luz matutina y la suavidad de la tela que cubría su cuerpo desnudo
y solitario. Todo lo sostienen los números, hasta su propio dolor.

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