El ciprés de Juana de Arco
La niña de cabellos rojizos, delgada y
mirada abstraída, corría a través de los cultivos de berros de Dòmremy. El olor
fuerte de las diversas hortalizas germinadas en primavera, la relajaban
mientras se acostaba sobre la tierra y cerraba los ojos a la espera de nada, a
la espera. ¿Qué podía esperar aquella niña francesa, nacida en el campo, en
medio de la cruel Guerra de los 100 Años?
Una tarde, se atrevió a escalar un alto
ciprés, que solía mirar con temor y respeto ante su gran altura y fuerte
presencia magnánima. A medida que lo escalaba, el miedo y la emoción hacían que
su corazón se sobresaltara. Algún paso en falso caería y su padre la regañaría
y no la dejaría salir de su casa por desobediente.
Este temor hacía que sus manos agarraran
con más fuerza el tronco grueso y áspero, sus deditos pequeños estaban
arañados. Con ellos, pudo escalar, empujada con su propio peso y su voluntad.
Arriba, sintió la fuerte brisa que revolvía su pelo y el vértigo, una sensación
extraña que desconocía, mezcla de miedo, ansiedad y libertad.
Por un momento se mareó, el oxígeno
sobre pobló su cerebro, pero logró agarrarse rápidamente y recuperarse. Sus
ambas piernas colgaban de sus piernas, cubiertas por una falda andrajosa de
lana. Se sintió victoriosa, había trepado ese árbol, que para ella era un
gigante. Después de pocos segundos, la duda la embargó, ¿cómo se bajaría?
Sintió miedo y ansiedad.
Los rayos solares comenzaron a descender
y los grillos comenzaron a cantar, cubriendo el silencio, atormentado por la
respiración entrecortada de la pequeña Juana. Rápidamente, pensó que el camino
debía ser el mismo que el que utilizó para escalar. Antes de bajar, se persignó
y vio un nido de pájaros pequeños en una rama más alta que ella. Se sintió
maravillada y paralizado ante aquel milagro de la naturaleza. Estuvo tentada a
subir más para mirar más de cerca a aquellas criaturas. De repente, escuchó los
gritos de su padre y de sus hermanos mayores que estaban buscándola.
Juana se asustó y rápidamente comenzó a
bajar, cerca del suelo, se resbaló y cayó. Solamente se hizo unos moretones
leves y unos rasguños, se ensució la falsa. Se hizo de noche rápidamente, alzó
la vista y se dio cuenta que su padre se acercaba, preocupado por ella. Ella se
limpió la falda, escuchó el silbido de los pájaros, miró nuevamente hacia
arriba, vio el nido que estaba muy lejos de ella y esbozó una pícara sonrisa.
En medio de la tos que la atacaba por el
humo, Juana recordó esa tarde en la que vio por primera vez un nido de pájaros.
En ese momento, había aprendido de dónde venía el sonido que la despertaba cada
día. Fue un día grandioso, mucho antes de que Dios le hablara. Esbozó una leve
sonrisa antes de que su corazón colapsara mientras era quemada viva después de
ser traicionada por el rey que ayudó a coronar.
***
Ángela Guillen Velazco

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