El firmamento solitario de Hipatia

 


Me pregunto si algún día, podremos llegar hacia los cielos. ¿Sería posible? ¿O solamente es el alma la que puede trasladarse hacia los confines de la Tierra y tocar la línea superior, como lo hace el mar cada día?

 

La inmortalidad de los planetas en la danza celestial. ¿Son fijos realmente los astros? ¿Qué se mueve? ¿La tierra, la luna, el sol o todos, o ninguno? Mi corazón se mueve cada día, lo siento dentro de mí. ¿Por qué algo tan pequeño e insignificante como mi corazón se mueve y los planetas no? Ellos se mueven, danzando al ritmo de los caracoles y los cantos órficos.

 

Todo se mueve, lo alto, lo bajo, las líneas, los nísperos, las aves, los fieles que van a sus templos, los ojos y mis manos al vestirme con mi túnica y mi tocado. ¿Los dioses acaso permitirán que la maldad y la ignominia de los hombres lleguen a los cielos?

 

¿En dónde reside la perfección de los dioses? ¿En su inmortalidad? ¿No será precisamente su inmortalidad su maldición? La muerte me da esperanza. Ver Alejandría atestada de hambruna, indigencia, esclavitud, guerra, incendios y saqueos, sobresalta mi corazón de angustia y ansiedad. Pero el saberme mortal, que abandonaré esta prisión corporal, me llena de regocijo, el mismo sentimiento que experimento al leer los pergaminos de Platón y de Demócrito.

 

Bajo el rumor de las cigarras antes de la lluvia, Hipatia recostada en su hamaca, se pasaba horas observando las constelaciones descritas por Ptolomeo. Una madrugada, se le terminó el aceite de su lámpara. Se levantó, tapó con un pedazo de tela el plato servido sin tocar. Terminó su vaso de vino. Estiró su cuello, lo tenía entumecido. Dejó su cristal arcaico, con el que hacía sus avistamientos nocturnos en el cielo claro.

 

Caminó hacia la cocina para busca el aceite y llenar la lámpara. Volvió, sintió el sonido de las cigarras y gemidos femeninos y masculinos. Siguió el sonido y llegó hasta el dormitorio de una de las mucamas, que estaba siendo penetrada por un soldado romano. Se quedó callada. Los rostros lujuriosos y gozosos de ambos, le hicieron entender a la matrona de la casa que el encuentro era consensuado aunque clandestino.

 

Regresó hacia su estudio. Decide no beber más vino, esa noche, quiere tener la mente más despegada. Con ayuda de su cristal y el mapa de constelaciones, que le compró a un comerciante sirio el día anterior, comienza a buscar la estrella Kullat Nunu. Es preciosa y luminosa. La vista le fatiga un poco. La próxima es la estrella Alrisha, el cordón que une a los peces de la décima segunda constelación.

 

¿Quién mueve los astros? ¿La eternidad de los dioses? ¿En dónde se encuentra el inicio y el fin? ¿Es tiempo? ¿Es poder? ¿Es deseo? ¿Quién soy? ¿Soy este corazón que golpea mi pecho cada día? ¿Soy mis ojos que viajan hacia los cielos en busca de una estrella? ¿Soy mis dibujos y anotaciones de los pergaminos? ¿Soy mi cuerpo muerto? ¿Soy mi alma?

 

En medio de estos pensamientos, Hipatia se quedó dormida en su hamaca. No tocó alimento esa noche y soñó nuevamente con el vacío.

***

Ángela Guillen Velazco

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