El sigilo de Malintzin


                                                                                                                   A Kellys García. 

Era de madrugada. En la casona, se escuchaba el murmuro de las voces de los soldados en las granjas cercanas. Su piel canela y sus ojos como dos almendras brillan en la oscuridad, un gato gris toca su cola con sus pies desnudos, que siente el frío de la neblina, que lo cubre todo a medias, creando una imagen fantasmagórica de vacío e historia en trance.

La mujer no puede dormir, los gritos de los guerreros muertos en la última refriega, resuenan aún en su cabeza. ¿Será verdad lo que murmuran los niños a su paso? ¿Será que la muerte la acompaña? Intenta pensar en otra cosa. Camina hacia el patio, se recuesta en una silla de mimbre. De repente, siente detrás de ella, otros pasos silenciosos, son los de su compañero, el marqués. Él tampoco puede dormir, sostiene una taza de leche de cabra caliente.

 

Ella se voltea y lo mira, reconoce esos ojos y lo que expresan. En ese momento, está cansado, no solo físicamente sino emocionalmente. Como si quisiera abandonarlo todo y volver a su tierra. Ella regresa su mirada hacia el vacío, él se apoya en una de las columnas. Después de varios instantes de silencio y exhalaciones, él le pregunta qué le gritó aquella mujer en el mercado. Ella respira y responde con voz pausada, que aquello no tiene importancia. Con su voz ronca, él le indica, casi como una orden, que para él sí lo es.

 

La mujer revela que la anciana la llamó varias veces traidora en su idioma náhuatl. El duque le pregunta si eso la afecta, ella insiste nuevamente, lo que ella opina no tiene importancia. Silencio. La brisa adquiere una humedad fría, como si la tierra se preparara para una tormenta cercana. Él le pregunta si han vuelta sus pesadillas, ella lo mira fijamente a los ojos y le responde que sus visiones nunca la han abandonado. Es parte de su naturaleza, a pesar de su elección, su alma no le pertenece, desde que decidió vivir.

 

Nuevamente el silencio los cubre, el viento sopla, los ronquidos de los soldados resuenan lejanos y próximamente, va a despuntar el amanecer con el canto de los gallos.


***

Ángela Guillen Velazco





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