Otro de los desvelos de Sor Juana



 La luna menguante arde en los ojos de la monja, está agotada, lleva días sin dormir. Ha orado varias veces el rosario y la mente comienza a jugarle nuevamente trucos. Escucha sonidos y voces de personas que están allí en su habitación vacía, sumergida en la oscuridad.

 

Ella está recostada en la cama, intentando cerrar ojos y descansar pero la nitidez de los sonidos de otras habitaciones se intercala en su cabeza como vidrios rotos. Le duele la cabeza, de repente comienza a llorar sumergida ante la desesperación. A veces tiene la sensación de saberse nada, saberse vacía. Solamente la fe inunda su cuerpo hueco. Esa madrugada es una de las noches en la que siente su espíritu podrido, nauseabundo, pero sobretodo cansado de luchar y de vivir.

 

A veces la fe es suficiente, otras veces es la poesía y otra vez simplemente es un espíritu invisible, cuyo nombre desconoce. Su mente comienza a viajar a kilómetros de su aposento. Recuerda recuerdos fugaces de sus caminatas a la sierra, cuando es sobresaltada por temores, agitados por la fiebre nocturna. Siente miedo de ser acusada de hereje, de ser ultrajada por los esclavos o de ser olvidada. Intenta borrar aquellos pensamientos irracionales, que sabe que no son de ella, sino son tentaciones del enemigo de Dios.

 

Toca su frente, se consume en fiebre, afuera solo hay silencio y cigarras. Se levanta y bebe agua del ánfora. Se arrodilla y comienza a orar nuevamente el rosario. Una lágrima recorre sus mejillas pálidas. Se recuesta nuevamente, el amanecer se aleja, siente dolor en su cóccix. Mira el cuadro de la Virgen de Guadalupe, colgado en la pared, siente que la madre de Dios la observa con ojos acusadores.

 

Cierra los ojos, intenta dormir. Se recuerda de una canción de su infancia, la canta en voz muy baja y entrecortada por el dolor y la respiración, llena de fatiga.

 

Madre de los pobres, de los peregrinos, te pedimos hoy por América Latina, tierra que visitas con tus pies descalzos, sosteniendo fuerte un niño entre tus brazos.

 

Finalmente, logra conciliar el sueño y la oscuridad la abraza como un acto de ternura y misericordia. 

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Ángela Guillen Velazco

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