Zenobia y el Éufrates asumido

 







Algunos actos de temeridad son incomprendidos. Habrá que ponerse en la piel del ejecutante para apenas entender algunos atisbos del por qué.

La vieja nana le contaba en las noches antes de dormir que su madre tenía 7 meses de embarazo y blandía con su mano una espada de metal mientras se defendía de los soldados de Alejandro Magno. Estaba inmersa en el fragor de la batalla cuando sintió los dolores del parto. Corrió hacia los muros de Palmira y parió allí, a la intemperie, bajo la desnudez y la brisa de la noche. En la adultez, supo que todos esos cuentos eran fábulas, cuentos come bobos para hacerle dormir.

 

De tez morena, la conquistadora del Este nació en la guerra y perdió en la guerra, en el fulgor de la batalla, olor a sangre, sudor y bajo el estruendo del metal. Cuando vio los cadáveres de su rey Odenato y de su hijastro, supo que nadie la protegería a ella ni a su hijo recién nacido. Ella mismo se convirtió en leona en medio de las manadas de lobos y corderos. Cuando dio la orden de asesinar al traidor Meonio y mirar apagarse la luz de sus ojos, ya había traspaso el umbral del inicio de su legado de muerte.

 

A cada ciudad que conquistaba, sembraba palmeras, jardines y columnas corintias y hacía promesas de protección contra los romanos y los sasánidas. Una mañana, mientras recorría el Templo del Sol, vio un escorpión atrapado por centenas de hormigas rojas. Aquella visión la atormentó todo el día. Cabalgó miles de millas con su ejército de pie y anexó a su imperio desde Anatolia hasta El Líbano.

Probó el amargo de la derrota en Emesa y Palmira fue sitiada por Aureliano.

 

Ella sabía exactamente cómo la tratarían sus enemigos al capturarla, la exhibirían como un trofeo en las calles de Roma y la decapitarían para colgar su cabeza como un símbolo de triunfo sobre los bárbaros. Había decido morir esa mañana en medio de la lucha, en el terreno, en el fango, en el lodo, bajo los relámpagos. La tierra de Palmira se nubló de gris ante el luto próximo, los soldados fueron asesinados por el temido general romano.

 

Quien elige la vía de las armas, muere en la refriega de Ares o Vulcano. Ella escapó en un camello con su hijo, pero fue finalmente capturada. ¿Cómo saber si fue murió de inanición en una celda en Roma? ¿O fue liberada por el emperador y se retiró a una villa en Egipto bajo la protección del Nilo? ¿O si finalmente se suicidó en el Éufrates?

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Ángela Guillen Velazco

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