La hondura de la reina Juana
El olor del cordero asado, el queso, el
pan y el vino inunda el salón principal del castillo flamenco en Gante. Los
músicos azoran la fiesta con el rasgueo de la guitarra, las palmas y el cajón.
La atmósfera es de algarabía y jolgorio. La dama de ojos negros hace sentir sus
pasos como una felina de fuego. Sentada en el mesón principal, se levanta y se
acerca a los músicos. De inmediato, siente la mirada acusadora de los nobles y
los sirvientes. Ya es costumbre para ella, no le incomoda, es más, hasta
necesita esa atención.
Siente cierta acidez en la boca de su
estómago, pero palmea igual con goce. El rey la mira con ojos soberbios, ella
traduce esta mirada como un acto de deseo. Agarra una copa de vino, aunque el
sirviente le dice que no puede hacerlo por su embarazo, la reina no le hace
caso. Su pecho arde, siente que el licor baja con calor hacia su garganta.
Empieza a nublarse la mirada, se marea y unos de los sirvientes la ayuda a
sentarse, ella toma aire y bebe un vaso de agua que le sirven de inmediato.
Se da cuenta que los tulipanes de los
jarrones tienen algunos pétalos secos y los arranca con sus manos, decoradas con
anillos de oro y rubíes. El cante había adquirido un tono más lúgubre y jondo,
de una sevillana de Andalucía, un taranto de Almería hasta una soleá, cantada
con un tempo pesado y lento. La reina sintió esa música como si toda la
amargura del mundo cayera sobre su espalda. Grita al cantautor para arengar
para que cante algo más alegre.
Felipe se acerca por detrás a ella y le
besa el cuello. Este contacto hace que su piel arda como una pira pagana. Tras
este leve pero intenso acercamiento, él se retira a hablar con sus capitanes en
el balcón. La mujer respira con más fuerza y siente sus pulsaciones.
Se acerca a la mesa y agarra una fruta
africana, corta un pedazo, lo saborea y lo come. Se siente voluptuosa. El
cantautor interpreta otro taranto melodioso, la luna ejerce sobre sus
sensaciones una inmensidad y un apetito exacerbado por los colores, los
sabores, el tacto, los olores y los sonidos. La música penetra en su piel
agotada y sudorosa. Siente sus senos llenos de leche materna y sus muslos
redondeados. Ella se sabe nacida para la pasión, no para el reposo.
Se marea, camina hacia el patio
exterior, mira la luna cubierta por la neblina, inhala y exhala. Su mucama se
acerca y le pide que por favor se siente, en su estado no puede caminar en la
oscuridad. Debe proteger a su hijo de los espíritus y del sereno. Ella no le
hace caso, le pide que la deje respirar. De repente, la reina siente cólicos
muy fuertes. Ella camina rápidamente hacia sus aposentos. Sube las escaleras,
la sensación de dolor es fuerte como cuchillos.
Entra a su dormitorio, se acuesta pero
no encuentra alivio, ni consuelo. Se levanta, corre. Sale nuevamente y entra al
toilette, en donde usa el retrete. Se sienta, los dolores son cada vez más
intensos. La mucama se acerca, se da cuenta de lo que sucede y le dice a la
reina que no son cólicos, sino dolores de parto. La sirvienta corre hacia el
salón del banquete y habla con el ama de llaves, quien inmediatamente ordena
que busquen a la partera y le da el aviso al rey.
Juana intenta soportar el dolor se
levanta, escala las paredes y comienza a empujar por sí sola. Ya había parido
una vez, sabe lo que le viene, aunque esta vez el licor, el sudor, la
voluptuosidad la marean. Abre sus piernas, empuja con fuerza. Con la soledad
del mundo, su vagina dilata y la cabeza del varón empuja. En un leve momento,
casi se desmaya, pero siente toda una vida saliendo dentro de ella, la conexión
sanguínea es más fuerte que su impulso de muerte en ese momento.
La madrugada y la noche, la luna y el
taranto, el vino, el tulipán y cante jondo. Nada se compara ante la inmensidad
de su fuerza paridora y dadora de vida ante la inmensidad del vacío de sentirse
sola y abandonada.
Juana pare sola como una leona en el
frío piso del castillo flamenco. La comitiva se aproxima con la partera, que al
llegar, corta el cordón umbilical y constata que es un varón. La reina escucha
el llanto de su primogénito varón. Respira, se emociona y comienza a llorar de
felicidad. El rey entra y la mira con una sonrisa de orgullo. Esta vez el beso
entre ambas lenguas es más ardiente y lúgubre.
***
Ángela Guillen Velazco
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