La intemperie de Manuela
Esperar ha sido su peor temor, estar paralizada en su cama, en su hamaca, en el sillón a la espera de algo, ¿será la espera de la muerte? ¿De otra carta? ¿De días más cálidos? ¿Del anochecer? ¿De otra aventura? ¿Qué espera?
Sus botas de campaña están arrinconados
ya que sus pies desnudos cuelgan de la hamaca. Tiene un camisón largo, que
cubren a media su desnudez. Su amante escribe cartas de órdenes de guerra,
durante la vigilia de la madrugada. Ella tararea una canción infantil quechua,
él se burla de ella, canta desafinada.
Pero ella no lo escucha, sus ojos son un
continente llenos de viajes ficticios hacia los imperios egipcios y persas,
como fantasías antiguas que aún conserva de su infancia. Él sabe que aquellos
momentos de abstracción, solamente le pertenecen a ella. Ni él mismo puede
perturbarlos. La brisa está calmada, el silencio es infinito, solamente el
rasgueo de la vela arde en aquella habitación bajo la noche de Bogotá. Ella
interrumpe su cavilación y lo mira. Él se ha percatado que aquella mente ha
vuelto a ese cuerpo.
Poco a poco la brisa adquiere más fuerza
y la temperatura comienza a descender.
Ella se levanta y lo abraza, le quita la
pluma y lo fuerza a despegarse un momento de sus preocupaciones militares y
políticas. Se sienta, toma uno de los pies de él y los comienza a masajear
suavemente y con fuerza, presionando cada uno de sus coyunturas y nudos
estresados por las horas de cabalgada prolongada.
Él le pregunta en qué piensa, ella
responde que nada. Él insiste, su cabeza está plagada de fantasmas que él no
puede vencer. Ella también ataca, el único fantasma en su vida es él, toda su
vida es él, le pertenece. Se ríen. Él ya está acostumbrado a esos arranques de
violenta ternura de aquella mujer indómita. Ella termina con un pie y comienza
a masajear el otro. Él gime de placer y de dolor, siente que los dedos suaves
de ella lo queman.
Él le abraza la cintura. Ella le
pregunta qué opina de de tal general, él sabe hacia dónde va aquélla pregunta.
No quiere discutir, él se levanta y camina en silencio, ella comprende, no está
de ganas. Ella regresa a la hamaca, los pensamientos sobre nuevas
conspiraciones contra el Libertador no la dejan dormir. Sin embargo, está allí
frente a él, tan cerca y tan lejos. ¿Sus miedos son reales o infundados?
Manuela se levanta, él sabe que la
ansiedad la consume, desea regalarle segundos de paz, pero se atormenta por
decisión propia y terquedad.

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