La vigilia de Charlotte
Este lugar me huele a miedo, una especie
de humedad y de espesura del aire, que me causa ahogo. Estaba preparada para lo
que me venía, o eso creía. Estoy muy cansada, no he podido dormir como si mi
alma estuviese deseo de entrar al sueño eterno o a la salvación de mi alma.
¿Fui el instrumento que tenía que hacer? ¿Cuántas muertes evité? La rabia y el
resentimiento que vi en sus ojos, cómo describirlo en palabras. Es como ser
mordido por un lobo en una cueva oscura, su dolor te arde en tus ojos.
La historia tiene sus instrumentos
misteriosos de confabulación. Siento que el pecado de mi víctima fue
menospreciar el poder de los individuos, de los solitarios y de las mujeres
pequeñas burguesas como yo. Mientras que mi pecado fue constatar que un
asesinato en vez de reducir la violencia, la multiplica. Aunque confieso que
estoy convencida que debí hacerlo, cortar la cabeza de la hidra. Que Dios me
perdone por convertirme en jueza.
Ahora siento frío. El soldado que me
custodia me entrega un vaso de agua, con el que alivié la sed acumulada desde
esta mañana, aunque parecieran varios días. El día y la noche se me confunden.
A veces escucho gemidos sexuales o gritos, pero al mirar por la rendija, en
donde entran pequeños caminos de luz, no veo a nadie. ¿Será mi mente que ahora
me juega triquiñuelas para protegerme de la dolorosa verdad?
Lo único que me diferencia de los que
están afuera es que yo sí conozco el día exacto de mi muerte. No es una
ventaja, ni una desventaja, solamente una diferencia. No me siento especial,
hice lo que tenía que hacer. La muerte me mirará a los ojos con pesadumbre o
quizás con gratitud. Maté a uno de sus hijos.
Mañana dejaré de respirar. Seré
guillotinada. Bajo la oscuridad de la madrugada, los seguidores del demonio
acampan bajo la ventana de mi celda, gritando obscenidades y maldiciones. No me
molestan, siento lástima o quizás piedad. No tienen nada por qué luchar, la
revolución les ha dado y quitado todo. Sus rostros han sido borrados, ahora son
"la masa". De campesinos a comerciantes, o llegaron a ser ciudadanos.
Son instrumentos de una rabia histórica heredada.
No han descubierto su propia luz
interior.
Después de tanto cavilar, me recuesto e
intento solamente respirar, aligerar el peso de la última decisión que asumí y
de la que no me arrepiento.
Logro dormir una hora más o menos, ya
mis ojos no están tan pesados, mi espalda no me duele. A pesar de la aparente
calma, comencé llorar. Supongo que Dios me recuerda que aún queda refugio de él
adentro de mi alma. Quizás haya esperanza. Quién sabe.
***
Ángela Guillen Velazco

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