El sueño tungsteno de Mary

                                                                                                                        



                                                                                                                   A Zigmunt Cedinsky.


Desperté sobresaltada, es la tercera noche que sueño con los dispositivos eléctricos que vi en la feria de la ciencia. Un azul índigo, violento y fugaz. Siento temor, pero al mismo tiempo cierta curiosidad y atracción fatal por la quimera del progreso.

 

Esta fuerza desconocida y sobrehumana que la ciencia ha logrado dominar con cierta torpeza e inteligencia, me hace pensar que nos arropa y nos protege nuestros propios instrumentos, con los que nos liberaremos, pero con los que también moriremos por culpa de nuestra emancipación. El mito de Eva y el de Pandora. Nos atrevimos a desobedecer, pero nuestra redención nos alejará del hogar, del Paraíso eterno e imposible.

 

¿Será posible algún día vencer la muerte en la vida real, es decir, más allá de la ficción? ¿Qué nos llevará eso? ¿Seremos nuestros propios dioses y demonios? ¿Nuestros propios jueces y verdugos? ¿Seremos capaces de soportar la condena de vivir nuestra soledad inmortal? Viviremos para rompernos a pedazos con nuestros desarraigos, abandonos y rechazos.

 

Cuando pienso en esto, me percato de que en algún punto de mi vida, me quité las vendas de los ojos y contemplé el cementerio real del mundo, más allá de las ilusiones y fantasías. Y no me gustó lo que vi, pero ya era demasiado tarde. No había vuelta atrás.

 

Mi esposo se tomó una copa de brandy y se quedó dormido sobre sus infinitas cartas. Seguramente, en unas horas despertará con un duelo de cuello y espalda. Si estoy despierta, lo masajearé un poco y lo besaré con ternura hasta sofocarlo y enviarlo directamente y de nuevo al refugio de sus libros.

 

En madrugadas como estas, en la que me sobresalta el vacío y los recuerdos, mi mente ansía el dulce pasado, la propia fantasía que me construí con mentiras piadosas y ficciones de otros autores. De repente, emociones sobresaltan mi corazón pequeño y amargo.

 

Tengo miedo de no volver a ver a mi hija muerta. ¿Dónde estará? ¿En qué reino de Dios Todopoderoso reposará su alma inocente? ¿Dónde estuvo Dios en esa noche? Ya no creo en el reino de los hombres ni en un paraíso de dioses masculinos.

 

Dios, mi padre, mi esposo, he llorado mares por sus respectivos abandonos. Y yo debí quedarme con los libros de mi biblioteca y no volver a salir y recorrer las calles de Europa, en donde solo hay amargura, soledad y cloacas. Debí quedarme como niña o morir en mi adolescencia, en vez de sufrir el dulce dolor de vivir en la intemperie de los afectos.

 

Espero quedarme dormida nuevamente, pero este olor a electricidad me persigue y ahora imágenes recurrentes de una criatura monstruosa toca a mi puerta. Mi cerebro está carcomido y desquebrajado, la frontera entre este mundo físico y el otro, están integrándose de una forma extraña y gaseosa, volátil.

 

Todo está a oscuro, me siento tentada a levantarme y caminar con mis pies desnudos en las calles de París hasta morirme de neumonía e irme con mi hija, a mi bebé al paraíso de los inocentes. Pero la tierra me amarra. Primero, debo exorcizarme y pagar por el alto precio de mi elección y creación de las imágenes que tengo en mi cabeza y no me dejan dormir y soñar con pájaros y crepúsculos dulces y azules.

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Ángela Guillen Velazco

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