La febrilidad de Amelia
La gasolina y el humo se entremezclan
con mis lágrimas. No hay retorno. Pienso en el abrazo de George, recibiéndome
en Washington. Veo su sonrisa afable y mi cuerpo trémulo arropado por su calor.
¿Lo estoy viendo en este momento o es otra alucinación, producto de la fiebre?
Estamos sobrevolando a 3.657 metros de altura. Respiro con dificultad.
Comenzamos a caer.
No logro convertir el miedo en un
impulso de vida, lo acompaño durante estos segundos de agonía y de vértigo. No
veo nada, la neblina, la tormenta y el olor a mar están cada vez más cerca.
Cierro los ojos y ahora estoy nuevamente
en los bosques de Arkansas, floto sobre las hojas amarillas y rojizas del
otoño, tengo 7 años y sostengo un rifle en mis manos. Supongo que siempre he
tenido un arma en mis manos y con ella me he labrado mi espíritu. Estoy a punto
de morir y veo hojas amarillas y rojas que me mojan mi cara untada de salitre y
lágrimas.
***
Ángela Guillen Velazco

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