La sonrisa de Róża
Miro el paisaje a través de la ventana del tren. Escucho las carcajadas de
los obreros en el puesto de atrás. Hablan de una bailarina de un cabaret
en la capital. Se ríen con sorna y cierta ingenuidad. La comodidad de la
ignorancia. Ya me voy a poner nuevamente a juzgar a las personas. No
es agradable Rosa, no es agradable.
Siento frío, me provoca un chocolate caliente pero siento desde hace días
acidez en la boca de mi estómago. ¿Cuántas horas faltan? Rosa,
aquiétate. Pronto verás a Leo. A pesar de la distancia, siento su olor a
almizcle. En su compañía, calmo mi angustia porque él me ha enseñado
a recobrar mi propia libertad.
Uno de los obreros enciende un cigarro y lo comparte con sus
compañeros, hablan del mal tiempo. Intento quedarme dormida, pero no
puedo. De repente, siento que alguien me observa. Desde otro vagón,
una mujer aristócrata me mira fijamente mientras se acerca por el pasillo.
Parece que se ha dado cuenta de quién soy por alguna foto de un diario,
pero yo no la conozco a ella. Pasa a mi lado, todavía siento el peso
absoluto de sus ojos lúgubres sobre mí.
En un instante, pienso de nuevo en Leo. Creo que enviará a un camarada
de confianza para buscarme. La situación está tensa, rumores de guerra,
agitación y violencia viajan desde el este y el oeste. Desde la
clandestinidad, me envía su afecto y pensamiento constantes. No es
tiempo de romances, hogares ni crianzas. La historia está pariendo y sus
parteras, hemos decidido jugarlo todo, incluso la desnudez y la sangre
misma.
Ya no recuerdo cuándo fue el preciso momento de decisión o de las
decisiones. No creo que las hice a consciencia. Supongo que estaba
determinada a mirar de frente al miedo y asumirlo sin excusas o
lamentos. Estudié y organicé mítines, los que sentí que debía de vivir.
¿Por qué estoy hablando en pasado? No estoy muerta, estoy viva, más
que viva que aquellos obreros que se ríen a carcajadas con sus chistes
chovinistas. Aquí estoy nuevamente juzgando y viendo por encima del
hombro como si fuera alguien especial.
Soy una flor, arropada por el invierno de Polonia, a la espera de renacer y
dar un suave olor a los niños pequeños en primavera.
Miro por la ventana, estamos cerca de Berlín. Siento el ambiente pesado,
es evidente que la tensión de la guerra ha mordido con sus colmillos la
yugular de los sueños. A pesar de la violencia del miedo, ha llegado el
crepúsculo y aún hay espacio para la risa y lo etéreo.
***
Ángela Guillén Velazco

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