Las olas carnales de Teresa
Mis dedos acarician tu piel exquisita y
perfumada a trinitarias de mi niñez. Ellos que han memorizado tantos valses,
baladas y opus sobre la superficie de madera de tilo que suena a lágrimas y
gemidos profundos.
En este viaje, el mar me revela su
tesura. Quizás no estaba oculta para mí, pero antes me encontraba tan distraída
con mis amores y mis sueños de niña mimada. Ahora no tengo nada que esperar, no
tendría por qué. Mis hijos han crecido, han partido hacia su peregrinaje. Solo
espero que encuentren en la cotidianidad, el sosiego que busqué en los romances
y homenajes pasajeros.
Ahora se elevan los fortísimos en las
olas, ¿es la misma angustia del Mar Caribe que el lamento del río Hudson? A
veces extraño capturar con mis manos el secreto de la melancolía. Pero ya no
puedo, los párpados me pesan y el entramado de sonidos que atraviesan mi
espíritu, me reclaman su atención. Tanto silencio, desgarre de los semitonos y
lamentos robados a la eternidad, han acumulado en mi memoria huellas, que no
volverán a mí, pero que legaré en mis partituras.
Esta noche sobre la cubierta de este
barco, cierro los ojos y la brisa me trae recuerdos de la voluptuosidad
enmascarada y trajeada de lino y corsés de los bailes en los salones de La
Habana, Nueva York y París. Recuerdo también los torsos descamisados y
sudorosos de los negros que bailaban tambores y merengue en las haciendas de mi
infancia.
Tantos sonidos tan lejanos, la voz de mi
padre, el llanto de las chicharras, el trote de los caballos, el canto doloroso
de la ópera... sobre la cubierta de este transatlántico contemplo el mar y con
él la acumulación de los adioses, que nunca volverán. Últimamente me duele la
cabeza y la nostalgia se ha apropiado de mis sonidos y silencio.
***
Ángela Guillen Velazco

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