El cuerpo desnudo, húmedo y cifrado de María
La tarde es calurosa, la brisa lacustre
protege nuestras pieles del hervidero.
Aunque el calor de mis adentros sobrepasa el
infierno del paisaje. El centro de la ciudad me atrapa con su bullicio y olores
del mercado: pescado, humo y colonias de hombre.
Prefiero el reposo de la tarde. En mi
siesta vespertina, me levanto la bata y descubro la desnudez de mi sexo
velludo, intento no sofocarme pero hay cuerpos hechos para los embates del
goce. Nací con una insaciabilidad incómoda para los hipócritas y fariseos.
Me hallo entre el puñal y el
desasosiego.
Los psicólogos que hablan de la oquedad
de la mente femenina, les respondo que se equivocan. Nuestro deseo no es por
llenarnos de una sustancia externa a nuestras posibilidades, dícese el amor de
un hombre, la fama, el amor de los hijos. Nuestro deseo va más allá, hemos
visualizado en nuestro acto de dar, ese todo, esa materia etérea, el sentir, el
ser consciente y asumir esa identidad integrada. No es una sublimación, no es
un sacrificio, es la absoluta certeza de nuestra caída con total determinación
y uso del libre albedrío.
No sé por qué esta tarde me encuentro
tan reflexiva, prefiero recitar un poema de memoria o improvisar uno desde mi
intuición peligrosa y tenue. Estoy recostada en mi hamaca desde hace minutos
que parecen horas, y creo que me esperan en el club para organizar el carnaval
de este año. No me importa, estoy cansada. Quiero una tarde para mí. Mis hijos
ya almorzaron y están en la calle jugando con los vecinos. Escucho que me
llaman, me hago la dormida, solo pido un rato a solas. El deseo me pica mis
piernas y mi sexo se lubrica.
Recuerdo el olor del jabón sobre su
cuerpo caramelo y dorado por el sol. Mis dedos piro maníacos desabotonan su
camiseta, él besa mi cuello, lamo su oreja. Me agarra con fuerza mis cabellos,
él coloca sus dedos dentro de mi cavidad, humedecida por mis secreciones
amargas. Acaricio su sexo que endurece ante mis caricias. Comienza a llamarme
con distintos nombres y en mi silencio disfruto cada uno de sus besos y
mordiscos. Aruño su espalda, me penetra. Las flores se convierten en lava
ardiente. Mis pezones se abren a su boca. Me penetra con fuerza y ahora nada
tiene sentido, ni mis poemas escritos ni los mosquitos de la seis de la tarde.
El tiempo se convierte en unas
matrioshkas. No sabemos en donde están guardadas nuestras promesas, ni palabras
dichas en la intimidad. La guerra todo lo aniquila.
Mis sábanas están húmedas y olorosas a
mi perfume de lavanda. Él aún no ha venido, pero me encargo de mi propio
placer. Escucho los gritos de mis hijos, esta vez si me levanto, me seco con
una toalla y me coloco ropa interior limpia. Salgo al patio, los niños sudan,
sonríen y me muestran como vuelan sus petacas de papel. Algún día, sabrán de
qué está hecha la inmensidad del deseo y sus posibilidades.
Ángela Guillen Velazco

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