El sueño de glasé de Margaretha
A veces la imitación se confunde con la
fantasía. Me han acusado de farsante, ¿quiénes? los que nunca se han atrevido a
dialogar con su propia sombra.
Me acusan de ser una farsante, que no
sabe de baile, de arte, de política, pero eme aquí como una sobreviviente, en
medio de los gritos y la oscuridad. Entre generales y actrices, lanzo al vacío
de los aplausos y los gemidos del instante.
Me acusan de traicionar a mi país, ¿qué
país me defendió ante los golpes de mi marido? ¿Qué país cuidó a mis hijos?
¿Qué país defendió mi dignidad como mujer y madre? Me apropié de las armas de
la diosa Pele para sobrevivir. ¿Murieron hombres por mis cifrados? ¿Quiénes
causaron la guerra y se frotaron las manos al contar las ganancias de la venta
de armas? Asumo mi responsabilidad, pero ustedes también, generales, políticos
y empresarios de Europa.
Desde la ventana, sopla la brisa
marítima. Mi maestra, una mujer sencilla, que se ha convertido en mi maestra y
confidente, me enseña los distintos acentos de los movimientos de cadera, que
nacen del bajo vientre. Sus manos construyen figuras geométricas, historias y
fábulas majestuosas ígneas. Cada giro y movimiento tiene un código de un
lenguaje que me es vedado, al que sólo tienen acceso los monjes y los gatos.
La bailarina salió esa tarde a caminar a
la playa. Sintió el cúmulo de granos adhiriéndose a sus pies desnudos. La
cubría una bata transparente de color beige. Los rayos crepusculares
acariciaban su piel tersa. Alguien la contemplaba a lo lejos, su figura era la
soledad en ese instante colmado de eternidad.
Ella sumergió los pies en el agua fría
de la costa, se adentró hasta la cintura, pensó en sus hijos y en la
inevitabilidad del tiempo obtuso, que no se aletarga para los mortales.
La mirada de Vadim es el enigma que no
he podido descifrar, me asusta. Me aterra su inocencia y su libertad. A pesar
de su tragedia, me mira con piedad.
El amor redime a los malvados y a los
débiles de espíritu y convierte a las víctimas en guerreros, en dioses. Encarné
a Pele, dancé como el ojo del sol y morí. Ni más menos, morí y aún mi nombre
está en la boca de la leyenda y la fantasía.
***
Ángela Guillen Velazco

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