Los ojos alegres de Antonia


 

Miro desde la ventana a las personas aglomeradas afuera del teatro, que esperan entrar y ver mi espectáculo. Si supieran que hoy mi pena se ha esparcido por todo mi cuerpo y no puedo refrenarla. Tiempos oscuros tocan la puerta de la ciudad y algunos espíritus humanos así como el olfato de los perros, los gatos y las hienas lo presienten.

La luz de mis ojos y mis manos, contempladas y vitoreadas por propios y extraños, se oscurecen, se apagan y debo maquillarlas para seguir otorgando esperanza en aquellos más inocentes como los niños y ancianos, quienes tanto sufren por los desmanes de los poderosos, dientes filosos de la avaricia y el odio.

 

Le pido al guitarrista una sevillana lenta y gozosa. Su cante es apesadumbrado. Hasta el diafragma siento que toda la existencia no es asaltada de repente, en un mismo instante. La tristeza viene por el amor que siento hacia mis amigos, familiares y paisanos. Me duele la espesura de la enfermedad, la mendicidad y el miedo. Tengo miedo.

 

Mis brazos se aletargan hasta el cielo, como una solicitud de clemencia al Santo Cristo. Mi vientre y pecho se estiran hacia atrás para curvar mi figura y saludar a las gentes animosas y alegres, que vinieron a verme en busca de un momento de fantasía.

 

El paseíllo lo afinco con fuerza, que impregno en mis tacones. Quiero que la tierra sienta mi angustia y mis reclamos. Mis manos y dedos se convierten en caracoles y en olas del Mediterráneo. La palabra se ensordece para solamente escuchar el compás de la guitarra y mis castañuelas que gimen de desconsuelo, aunque son brillantes como ruiseñores con alas rojas y amarillas.

 

En ellas hay ápice de esperanza, aunque la tristeza nos sobrecoge, en ella misma también hay cierta alegría e inocencia, como el resplandor de un delgado rayo de luz, que atraviesa por mi ventana en otoño.


La danza es una entrega, dicen que me ha invadido un duende, quién es, cuál es su rostro, ha leído mis pensamientos y rezos más oscuros. Creo que lo busco, pero él se esconde adentro de mis castañuelas y debajo de mis tacones que aman y necesitan el tablao.

 

Los aplausos suenan y caen como cristales rotos que desgarran el duelo. 

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Ángela Guillen Velazco

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