¿Qué busca la sombra de Anna?
Nueve de la noche en un teatro de
Berlín. El humo del cigarro esparce una densa nube de oscuridad y bullicio.
Decenas de coloretes y lápices labiales están encima del mostrador del camerino
de las bailarinas. Las piernas desnudas de Anita son untadas de aceite, ella
respira y en silencio se mira frente el espejo, sabe que la coreografía que
está a punto de ejecutar, la mandará directamente a prisión o será vista por un
productor de cine famoso que la contrate para su próxima película. ¿Acaso esa
no es la fantasía de toda artista?
Se escucha de fondo a los músicos
afinando sus instrumentos, la viola, el chelo, el saxofón y el piano.
Le informan que le falta 5 minutos para
entrar a escena. Inhala unas líneas de cocaína para darse más fuerza, la
determinación ya la tiene, ha nacido en su interior desde que decidió nacer en
este siglo de dos guerras mundiales. Las otras actrices la miran, algunas con
admiración, otras con envidia y una con una sonrisa sincera. Anita se acerca a
ella, huele su perfume de alcohol y lavanda y le da un profundo beso en la
boca, se siente muy excitada y bullida de existencia, de dasein.
Se acerca al vestidor y agarra la túnica
color beige transparente con lentejuelas y se lo coloca con delicadeza, ahora
poseída por la legendaria Salomé. En ese instante se siente poderosa, colmada
de seducción, crimen y éter. Camina descalza hacia el escenario, ya es su
turno. Se contornea, los músicos intensifican el volumen de su ejecución con la
fuerza de sus dedos y de sus diafragmas.
Anita-Salomé se convierte en una sombra,
cuya espalda se curva con la flexibilidad del lomo de un gato. Después de
varias avanzadas, desplazamientos, saltos, espasmos y paralización del
movimiento con la respiración, la protagonista toma con sus manos la cabeza de
San Bautista, que la impregnan de sangre artificial, le besa los labios y se la
coloca en su bajo vientre, que ya ha desnudado previamente. El público grita,
aplaude y comienza a decir improperios.
La actriz se levanta, sus senos están
cubiertos con una malla transparente brillante y su abdomen brilla con escarcha
y sudor. Su mirada es convulsa, amarilla y estática. Contempla fijamente a esos
hombres y mujeres conservadores, lanza un escupitajo sobre la madera del
escenario. Se acuesta nuevamente en el suelo y agarra de nuevo la cabeza. Con
sus dedos, comienza a acariciarse su sexo y gime con la dulzura y salvajismo de
una felina. Bajo el silencio atónito de un teatro con más de mil espectadores,
la artista comienza a masturbarse. La subversión es caótica y radical. Después
de varios insultos, Anita se da cuenta que lo ha hecho, la fama es
irreversible. Ya mira su rostro en la pantalla grande de un cinematógrafo.
El humo del cigarro cubre el teatro, los
ojos de la estrella se abren. Cierran el telón, las orquídeas han sido
deshojadas. Sus compañeras se acercan a ella, la joven aprendiz le entrega un
trago de ginebra en una petaca. Anita de repente siente un pálpito, un vacío,
producto del salto, de la caída, de la transgresión. Comienza a reírse frenéticamente
y sus admiradores intentan llegar a ella con flores, chocolates y pieles.
Ella regresa al camerino, el director de
la obra la felicita. Ella desea un momento a solas. Se ducha. Antes de comenzar
otro capítulo en su vida, se lava y enjuaga con agua fría todo su cuerpo. Se
seca y aromatiza con un perfume costoso que recientemente le regaló un amante.
Desnuda, se maquilla nuevamente los ojos, las mejillas y la boca. Enciende el
cigarro y lo fuma mientras selecciona el vestido con el que deslumbrará a sus
admiradores, críticos y productores de teatro y cine. Elige uno de látex rojo,
que cubre sus líneas delgadas y geométricas, parece una púber de la noche, una
inocencia corrompida por sí misma, un grito de desprecio y emancipación, la
carne y la piel de la propia autonomía y catarsis.
La madrugada de Berlín ahora le
pertenece a una sombra que grita y se desnuda.
***
Ángela Guillen Velazco

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