El gesto lunar de Maya
Danza sagrada. La alta y espigada figura
viste una túnica clara y sandalias romanas. Camina hacia la playa surrealista y
sorda. Ohm, canta el búho y recita en
sánscrito. Memorias reiterativas la acosan. Intenta replicar con la cámara la
imagen de esa sensación extraña entre el sueño y la conciencia, un limbo azul
sedoso y esquivo, lo velado por la eternidad.
Ayer salió a la calle a caminar un rato,
era una tarde calurosa bajo un sol inclemente pero que despertaba en los transeúntes
un espíritu de alegría y optimismo, cuando de repente se soltó un aguacero
infernal, sin aviso ni nubes negras previas. Fue como si Odín hubiese declarado
la guerra a una tribu primitiva o como si Rea y Cronos desearan entregarse a un
abrazo húmedo y lascivo.
Algunos más cautos que otros sacaron sus
paraguas y siguieron caminando. Ella no llevaba ni paraguas, ni suéter. Siguió
caminando bajo la intemperie hasta llegar a un quiosco techado. Ella esperó
allí con jóvenes y viejos extraños. Cerró los ojos y escuchó la melodía trepidante
de las gotas que besaban el asfalto con frialdad y se esparcieron como el sudor
acaricia los cuerpos de los amantes.
Abrió los ojos y supo que seguiría
lloviendo hasta que el cielo se secara ese día. Retomó su caminata, la gente la
observaba extrañada. Ella siguió andando y varias imágenes llegaban a tocar la
puerta de su fantasía y de su colección de planos que guardaba en su mente como
preparación para su próxima coreografía y película.
Al llegar a casa, su cuerpo temblaba,
estaba totalmente empapado. Se quitó la camiseta y su falda larga. Casi lloraba
por sus sandalias romanas, habían resistido kilómetros en la arena y en la
calle, pero ahora estaban allí rotas, deshechas. Se desnudó y se duchó con agua
caliente, se colocó una bata y se preparó un chocolate caliente que endulzó con
malvaviscos. Se amarró una toalla sobre su cabello y encendió la radio, sonaba
"Cry me a river" en la voz
de Aretha Franklin. El poder de la música hacía que ella se contorneara con
suavidad sola. Se recostó al sofá suave y saboreó con delicia su chocolate
caliente.
Al terminar la canción un locutor comenzó a hablar de la cantante. Maya apagó la radio y el silencio la abrazó con suavidad. De repente el ohm del búho le reveló la imagen de un plano de su próximo cortometraje, el rostro de un hombro oculto por el cristal de un viejo espejo. Seguía pensando que el velo de la eternidad aún le es esquivo.
***
Ángela Guillen Velazco

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