La crudeza de Leni

 


Esta tarde vi a un niño panzudo que miraba mi cámara con curiosidad en plena selva. Lo atraje hacia mí, le mostré cómo cada lente engrandecía o alejaba el paisaje. Sonreía y sus dientes brillantes sellaron nuestra complicidad instantánea.

 

De regreso a la finca, vi la sombra a lo lejos de un rinoceronte hembra ser penetrada por un macho. Me sorprendió la resistencia de la criatura que recibía todo eso peso titánico.

 

Tomé algunas fotos y seguí en mi camino hasta que mi córnea recibió el grito absoluto de los rayos rojizos del crepúsculo. Me detuve, fui incapaz de tomar mi cámara y capturar ese instante sublime. Mis ojos quedaron atrapados en la fuerza magnética de aquel misterio de Sudán. Mis lágrimas descendieron sobre mi mejilla.

 

Llegué finalmente y después de meterme por varios minutos en la tina y soñar con texturas, me vestí y bebí té caliente para aliviar mi migraña cotidiana. El entrecruce de emociones estalló en mi cabeza, lo que me recordó que soy tan imperfecta, al igual que aquella niña asustada a la que llamaban Helene.

 

En cuanto a las texturas, recordé que hay pieles gruesas como fango y con la calentura del Heliobolus, otras suaves como terciopelo con cicatrices y plagadas de memoria, dibujadas con tintas orgánicas... a veces mi mente divaga en busca de instantes del pasado, del que sólo tengo acceso a pedazos.

 

Imágenes del Olimpo caucásico, la tierra vasta y constructora de armas en masa con el slogan de una ideología que esconde su miedo frente al otro. Otras son de mi micro mundo azul e íntimo, con las que aprendí a relatar una historia con fotografías a 24 cuadros por minuto. Estos fragmentos visuales asaltan mi sueño tranquilo y me despiertan. Es difícil volver a dormir por la danza de los mosquitos tropicales.

 

Recuerdo que estoy sola en un mundo de nacimiento y muerte, en donde la tribu aún lee en las constelaciones los secretos de la primigenia sagrada. Intento callar mis pensamientos occidentales prefabricados y narcisistas. Es difícil dejarse guiar por el silencio y no perder la cordura. Pero he viajado varias millas en busca de una tranquilidad dentro de mi ser, a pesar del karma colectivo y maldición construida por mi pueblo.

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Ángela Guillen Velazco

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