La travesura infantil de Evita

 



La pampa. La atmósfera grisácea y verde densa. La brisa que sopla las hojas del jacarandá. Las faldas níveas de las adolescentes que danzan al ritmo de los soles.

Huele a Carnaval. La delgada y delicada figura de Eva que se ve anacrónica, con ese traje de india y plumas en el cabello, vestida con una cultura que no le pertenece, pero que siente tan cerca a la vez.

 

Durante el asado, el padre relataba sobre sus recuerdos de una Europa muy lejana, su madre custodiaba que todo plato y copa estuviera colmado en la mano de cada uno de sus invitados. Las niñas corrían por el patio, mientras Eva quería irse más allá, fugarse hacia el otro lado en donde están los verdaderos mapuches y no copias baratas como el de su patético disfraz.

 

En un momento a otro, sin pedir permiso, sin avisar, Eva se fue corriendo hacia el otro lado. Con fuerza, que no se sabía cómo provenía de ese cuerpo delgado y pequeño, las piernas infantiles escalaron la cerca de la hacienda, corrió, llenándose de lodo y sudor. Ya cansada, caminó hacia casas humildes y más pequeñas que la suya, en donde varios niños como ella jugaban a perseguirse como indios y vaqueros. Ellos la miraron de forma extraña y hablaron con un acento, que a ella le resultó incomprensible. A los pocos segundos, la tensión se terminó cuando ella comenzó también a correr.

 

Las risas y el griterío de los jóvenes se mezclaban de una manera alegre con el viento sordo de la pampa hasta que varios disparos de una escopeta se escucharon. Eva volteó y se dio cuenta que su padre alto y enorme, había disparado con su carabina Máuser Kar. Su mirada agresiva y silente me regañó, no tuvo que decirme ni una palabra. Tomó mi brazo con fuerza, sus dedos quedaron marcados en mi piel varias horas. Sabía que había hecho mal, ¿pero por qué no podía jugar con mis vecinos? ¿Por qué yo era niña y ellos varones? ¿O porque ellos hablaban otro idioma? ¿Por qué eran los hijos de sus obreros? Era muy pequeña para entender que ella no debía relacionarse con los hijos de los indios, de los negro, los marginales, los descamisados.

 

Años más tarde, al saberse y reconocerse como hija bastarda y como mujer sin ningún derecho político, comprendió que su padre replicaba los dictámenes de la oligarquía de su época. Encontró en los descamisados, la fuerza para cruzar al otro lado y dar la mano.

 

Esa tarde, cayó el crepúsculo, los mosquitos comenzaron a agolparse a pesar del calor de la fogata. Eva miraba a sus hermanas y se miraba ella misma, su reflejo en el estanque, vestida con ese disfraz ridículo y estereotipado de india. Miró la carabina de su padre colgada en la pared del salón. Sintió ganas de tomar esa arma en sus manos, presentía que ese objeto le daría algún tipo de poder o autoridad. Estaba muy alta, fuera de su alcance. Salió nuevamente al jardín y sus hermanas señalaron hasta el cielo, Evita comenzó a llorar, se sintió conmovida por el brillo de las estrellas y el gemido de los grillos.


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Ángela Guillen Velazco

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