Los pájaros incendiarios con los que conversó Alejandra esa madrugada

 


Después de obsequiar un cunnilingus a su compañera, sintió un ardor en su cuerpo, delicioso y profano. Preparó una taza de té caliente y varias palabras fueron hilvanadas en su mente, las retuvo y las repitió durante varios minutos antes de escribirlas en una nota amarilla fosforescente que pegó en su mesa de trabajo. Su compañera se despidió con un beso en la boca y se quedó dormida. Alejandra se sentó a escribir varias líneas, tras hacer la transcripción de las palabras que anotó en la nota.

 

Estuvo sentada más de una hora construyendo y destruyendo sensaciones y quimeras con palabras, puntos y comas. Sintió unas ganas intensas de comer ciruelas. Se levantó y fue a la cocina, quedaba una, la agarró, la lavó y la secó.

Dio varios mordiscos y lamió con intensidad la semilla hasta dejarla desnuda. Sintió la misma sensación que tuvo al lamer el sexo de su amada. El poder de su lengua, un órgano tan intenso. Se sintió poderosa en aquel momento. Esos instantes son breves pero oxigenantes.

 

Se sentó nuevamente a escribir, al rato un olor a marihuana e incienso llegó a su nariz. Le dio risa, exactamente a esa hora el adolescente del apartamento de arriba fuma con sus amigos. Ella se sintió cómplice al conocer el secreto de su joven vecino.

 

Escribió desnudeces y oquedades... colores y flamencos, pájaros incendiarios y tristes.

 

A medida que escribía, sintió otra vez el deseo de desaparecer, de irse para siempre. Ya lo había intentado una vez. Sabía que esa madrugada no lo haría, pero el pensamiento, el deseo estaba ahí latente, pesado, denso como lava... un promesa áurea, etérea, fugaz... sublime... el último beso gélido y tierno de su única amiga infalible, la eternidad.

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Ángela Guillen Velazco

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