Hannah y lo que oculta la neblina


 


Tiene 10 minutos de retraso. No es de extrañar, seguramente se quedó hablando un rato en la Facultad acerca de su último ensayo. Cómo perder la oportunidad de hablar sobre su trabajo con un catedrático o con un estudiante brillante. He aprendido a quererlo así como es, egocéntrico y de humor mordaz.

 

Afuera la neblina desborda las calles de Wiesbaden. Llamo a la joven mesera y le pido un té de manzanilla. El rostro mestizo de la joven me hace pensar en cuántos kilómetros tuvieron que recorrer sus antepasados para llegar a esta tierra. De repente pienso con nostalgia en mis raíces judías. Dejo de mirarla para evitar hacerla sentir incómoda. He notado que mi mirada suele ser invasiva para aquellas personas de carácter tímido y frágil.

 

Mi mano derecha acaricia la portada del libro El Concepto de la Angustia de Kierkegaard. Debo leerlo esta noche y comenzar a escribir un ensayo y entregarlo pasado mañana. Evito mirar el reloj, sé que seguramente por el clima, Martin va a tardarse otros quince minutos más. Pero ya no me inquieta su ausencia, es otro asunto que me lleva cavilando desde hace días y ahora al ver a la joven, recuerdo esa sensación de desarraigo, de tambaleo, de incertidumbre que aún no sé cómo llamar.

 

La mesera llamada Laura trae mi té y atiende el llamado de su jefe. Pruebo un trago y el calor regocija mi espíritu, pero no acalla mi pensamiento que comienza nuevamente a hurgar en las profundidades históricas de la tierra prometida a mis ancestros. Mientras pienso en esto, detrás del cristal empeñado de la ventana, observo a un indigente que camina lentamente y se sienta en un banco. Se tuerce y tiembla por el frío. Esa imagen me conmueve. Reviso mi monedero, apenas tengo para pagar el té y las hojas que debo mecanografiar mañana. No tengo más nada, siento en la boca de mi estómago una terrible culpa.

 

Todo esto lo estoy pensado cuando escucho que alguien dice mi nombre, me volteo y veo a Martin que se acerca, también siente frío. Me saludo con un beso en la mejilla, agarra mi mano y la besa con disimulo. Me pregunta cómo estoy. Solo alcanzo a responderle que esa noche estudiaré nuevamente el existencialismo. Sonríe de forma afable y comienza a hablarme sobre el los existenciarios. Lo escucho con atención, pero aquella imagen del mendigo no se aleja, es persistente. Hasta que volteo y mi mirada lo busco a través del vidrio empañado, pero ya se ha ido.

***

Ángela Guillén Velazco

Comentarios

  1. Es poco tiempo para leer el Concepto de la Angustia de Kierkegaard, no?

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